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Conducir de noche tiene mayor peligro.
Estadísticas* constatan que casi el 30%
del total de los accidentes con víctimas
producidos durante la noche y el
crepúsculo ocasionan el 41% de los
fallecidos.
Conducir en periodo nocturno no sólo
implica adaptar la velocidad al alcance de
los faros, sino también tener presentes las
limitaciones físicas de la persona que
conduce: dilatación de las pupilas,
disminución de la agudeza visual y del
campo visual, peor apercibimiento de los
obstáculos y de la observación del
movimiento y los colores. A todo esto se
suma el aumento del tiempo de reacción
del conductor ante un imprevisto.
Para combatir estas dificultades que se
presentan es importante comenzar por
aspectos básicos: tener los cristales del
vehículo limpios y los faros bien reglados
en función de la carga –con el fin de ver
bien y no deslumbrar a los demás–. Sin
embargo, uno de cada cuatro vehículos que
ruedan por carretera presenta algún tipo
de deficiencia en el sistema de alumbrado.
Hay que
adaptar la velocidad
al campo de
visión de manera que, si surge un
obstáculo, seamos capaces de detener el
coche dentro de la zona iluminada.
EL RIESGO DE SUFRIR UN ACCIDENTE ES CASI TRES VECES MAYOR DURANTE LA NOCHE, A PESAR DE LA MENOR
INTENSIDAD CIRCULATORIA. DURANTE ESTE TIEMPO SE PRODUCE UNA DISMINUCIÓN DE NUESTRA CAPACIDAD
VISUAL, QUE HABRÁ QUE COMPENSAR CON UNA MAYOR
ATENCIÓN
Y, SOBRE TODO,
ADAPTANDO LA VELOCIDAD
AL CAMPO DE VISIÓN ILUMINADO POR LOS
FAROS
Conducción nocturna
Por
Juan Carlos
Iribarren Vera
S E G U R I D A D V I A L
*Revista Tráfico y Seguridad
Vial, nº 218, 2013